Textos

A pesar de este frío

que barrena la yema de los dedos

y congela los labios,

no ha caído la nieve todavía

y tiritan los pájaros

un tobogán de nubes

o una mancha de sangre en los cristales.

No has sabido besar en el silencio

el camino dormido donde el aire

se detuvo una tarde. Me interrogas.

Flagelas los cerezos. Desanudas

las venas clandestinas

que apenas ya detienen la hemorragia.

A pesar de este frío,

anticipo tu próximo mensaje

diciendo que me quieres.

(Climogramas de estación emocional, 2015)

Volar la música que crece entre las algas

de esta casa marina que habitamos

y, una mañana más, ahogarme entre los peces

mientras tú me sonríes en silencio,

lloviendo en mi garganta los días que vendrán.

(Climogramas de estación emocional, 2015)

Pellizco tus pezones mientras comes cerezas.

Vas dejando huesitos casi rojos

sobre colillas blancas y ceniza

mientras yo voy contando los lunares

de tu vientre desnudo. Te estiras como un gato;

te arqueas persiguiendo la humedad de mi boca

y el rítmico estribillo de mis dedos.

Entumece la música de fondo

de un anuncio en la tele

la plácida cadencia de un gemido

y me apartas el pelo de la cara,

rojos también tus labios.

Se estremecen los pliegues de tu piel;

tensas los largos huesos de la noche

bajo una serpentina de músculos despiertos

y de estrellas fugaces.

Definitivamente tendré que hacer un Facebook

y empezar a colgar alguna foto

que dé veracidad y atestigüe ante el mundo

esta pornografía de emociones

y sentimientos íntimos.

(Climogramas de estación emocional, 2015)

 Ahora vete…

Si sólo buscas la fácil humedad

del cuerpo sólo, del humo la palabra;

si sólo esperas la luz de la mentira

que a la luz se hace sombra y se evapora;

si abrazas sólo un sinsabor de olvido;

si es un acuario acaso lo que buscas

donde alojar los peces que, esclavo tú, esclavizas,

veta ahora -te digo- y no me nombres,

porque no he sido yo ni tan siquiera

el que has creído ver al borde de tu boca.

Mas si es consumación, cuchillo y hueso;

si es sangre insobornable lo que anhela

el sueño más profundo de tu noche,

quédate y no te vayas…

Bésame sin reposo, en carne viva,

antes de que mis labios cicatricen el llanto

de la herida final que todo lo consume.

Quédate y no te vayas… ¡quédate!…

si es el oscuro pozo donde la piel no llega.

(Donde la piel no llega, 1992)

Tormenta de verano.

Sangran los árboles

una humedad extraña y fugitiva

sobre el temblor desnudo

de la piel indiscreta.

Un perro ladra.

Persigue sueño abajo

una negra paloma inexistente.

Rezo tu nombre.

¿Dónde cae la lluvia cuando el cuerpo

se consume en la boca de un vampiro insaciable?

Deja abierta esta noche la ventana.

(Donde la piel no llega, 1992)

Te masturbas al sol bajo las moscas

y la mirada atenta de los ciervos.

Celosa la montaña te protege;

recorre con sus dedos complacida

las grutas sudorosas de tu carne

y, hambrienta de humedades, te devora

en un acto de amor irrepetible.

(Donde la piel no llega, 1992)

Te has ido.

Rasgo incierto del aire o la memoria

que se vistió de pez. No queda nada.

El polvo se evapora como niebla

y un sol de invierno raya la voz,

dormida todavía en los espejos.

El rastro que has dejado no perturba

la claridad del agua ni las sombras

del beso último

-el beso que no duele ni complace

porque los labios son ya solo cera

de la llama indulgente de otra vida.

No queda nada. Nada.

La sangre espera que el corazón anude

el aliento profundo de la aurora.

(Por el frágil camino de la seda, 1991)

Mientras la luz fallece y tú te escapas,

un gusano de seda

-acaso una luciérnaga-

se estrangula la piel y se interroga.

Todo es silencio y noche.

Ni tan siquiera el bálsamo remoto de una estrella

perfuma la mirada rendida que se hiere

al borde del olvido.

¿Dónde escanciar el triste sedimento

del inmenso silencio y de las lágrimas?

¿Cómo nacer al aire si se apuró el oxígeno

y la garganta tose fríos hilos de seda,

y no el polvo dulcísimo de los labios radiantes

que obraron el prodigio del beso en nuestra boca?

Oscuridad de sangre detenida en la pausa

que no anuncia ni el germen clemente de un latido.

Todo es ocaso. Todo es silencio puro.

Un gusano de seda se despeña.

Mientras, la luz se escapa y tú falleces,

lejanamente ausente e insensible.

(Por el frágil camino de la seda, 1991)

Eras la antorcha en vuelo; la sirena

a la vida sin trampas abrazada;

contra la muerte, lucha encarnizada;

rebeldía y misterio; frágil vena

imposible de nubes con arena.

Eras hueso y espina erosionada;

sobre un mar nunca visto, madrugada;

oceánico beso y dulce pena

clavada en la garganta de los peces

terrestres. Eras el aire; la amante

siempre sola; la siempreviva roca

barrenada a diario tantas veces.

Y te hicimos palabra -ya es bastante-

para llevarte a ratos por la boca.

Antes de ser ceniza,

cementerio de vidrio indescifrable,

a la niña desnuda silenciosa del alba

le ofrendarás la sangre caliente de tu sueños.

Después, cuando despiertes,

seguirás preguntándote

por qué siempre recibes jeroglíficos,

si esperas solo cartas.

(A caballo entre cáncer y regaliz de palo, 1983)

Hubo una vez un soldado de nieve

dormido en el pajar de la memoria

y una lámina triste, como un rinoceronte,

abrigando el volumen de ese nudo que mata

-a golpes de fatiga-

a las tres de una tarde sin sueño de verano.

La nostalgia era entonces

un abrazo al oído de letras misteriosas

o un presagio viable de mocos y sandalias

afilando sin más la voz y la estatura.

Hubo una vez -lo intuyes-

un hermoso proyecto de niño sin futuro.

(A caballo entre cáncer y regaliz de palo, 1983)

                                                                                                                        Casi como en un sueño,

                                                                        la luz sin luz azul del soldado galáctico

                         se esfumará caliente en la ceniza

del barro que no ciega.

                                                                                      La palabra y el beso

-amor, no tardes-;

la gaviota en el ojo

-mentira boquiabierta de un pañuelo homicida

blanco, continuamente blanco,

casi como en un sueño-.

Estuvimos tan cerca de la carne

que nos nació un perfil en la cabeza,

a caballo entre cáncer y regaliz de palo.

                                                                       (A caballo entre cáncer y regaliz de palo, 1983)

Solo cerrar los ojos

y entrar en los pulmones mezclado con el aire;

sentirte dentro

sabiendo al mismo tiempo que ya no eres

envoltura de carne,

donde aniden el polvo y la saliva amarga de las moscas

que te vienen lamiendo desde niño.

Geografía ausente

de latidos informes e insonoros

que flotan por la estancia como algas aéreas,

sin vértigo, sin ese dolor fuerte

que te mordió el insomnio tantas noches

y te hizo eyacular precoz sobre las sábanas

un enjambre amarillo de pupilas cortadas

y paramecios muertos.

(Geografía ausente, 1982)

¿Qué hubo antes del mar;

antes de nuestros ojos – pupilas confundidas

erosionando el pubis de un sol deshidratado;

antes de nuestras ingles – volcán de lluvia blanca,

habitado por algas y animales marinos?

¿Qué hubo antes del fuego;

antes de consumirme en tus pezones tibios

-dulzura abotonada

sobre un espejo humano de barro combustible;

antes de que las bocas, en una boca sola,

inflamaran antorchas de pasión sin memoria

y ocultos surtidores de líquidos calientes?

¿Qué hubo antes del aire;

antes de que tus alas injertaran el vuelo

para rozar sin vértigo el vientre de los astros;

antes de respirarte y respirar contigo

los callados secretos que la tierra dormía;

antes de que tu aliento – relámpago invisible

penetrara mis poros suavemente

alojando en la carne gotas de luz y vida?

¿Qué hubo, di, qué hubo?

¿Qué hubo antes de amarte?

(Geografía ausente, 1982)

Un día

apagaré el amor

así,

como si nada,

como se apaga el tocadiscos

el butano

o la vela

y mentiré mentiras en voz baja

al tic-tac sólo mío

que lates

a tu paso

desde hace…

cuánto tiempo?

o si no

le bajaré el volumen por lo menos

aunque me quede afónico.

(Mástil de nubes, 1981)

bocanadas de piel

historia-sin-historia contra historia

Amén…

no vengas a decirme al cabo de mil años

que te escuece en la boca una saliva extraña

presuntamente mía, por ejemplo.

(Mástil de nubes, 1981)

Pensabas encontrar al vendedor de globos

que vive en la azotea de los sótanos

o a la niña miope

que nunca logró ver más allá de la infancia.

Pensabas encontrar charcos llenos de ranas;

niños en calzoncillos

dibujando en la arena caballos de cartón;

mariposas de esperma volando juguetonas

por las flores rizadas de tu griposo pecho.

Pensabas encontrar a la luna borracha

vomitando en la esquina

o al caballo de copas disfrazado de monja…

y solo había humo,

autobuses,

semáforos

y un rostro repetido

pintado en los cristales de todas las ventanas.

(Tangos de la luna en lila, 1980)